El
joven Joaquín Baldomero, preparado por el preceptor de gramática de Granátula,
D. Antonio Meoro, amigo de su padre, ingresó en la Universidad de Almagro
donde cursó estudios durante tres años, obteniendo el título de
Bachiller en Artes y Filosofía, el 23 de junio de 1807. Unos días después,
el 5 de julio de dicho año se cierran las universidades por orden de
Carlos IV y al año siguiente, mayo 1808, estalla la guerra de la
Independencia.
Participó
en dicha guerra, al ser reclutado como la mayoría de la juventud
manchega, ya que había que formar un Cuerpo de Ejército de 20.000
hombres, según las instrucciones de la Junta Central del Reino, para
oponerse al paso de las tropas francesas aquí en La Mancha y detener su
avance hacia Andalucía. Fue alistado en el Regimiento de Ciudad Real como
"soldado distinguido", es decir exento de servicios mecánicos
por su calidad de estudiante.
La
primera acción bélica en la que participó fue en la batalla de Ocaña,
desastrosa para las armas españolas. Tras este fracaso, al reorganizarse
nuestras tropas se alista en el Batallón de Honor de la Universidad de
Toledo, formado exclusivamente por estudiantes universitarios; pasando de
aquí a la Academia Militar de la Isla de León (Cádiz), de donde salió
con la graduación de Subteniente.
Terminada
la guerra de la Independencia se alista en la expedición que al mando del
General Morillo, se destina a apaciguar nuestros territorios de América,
que deseaban la independencia de España, para lo cual ingresa en el
Regimiento de Extremadura con el grado de Teniente (2-12-1814), partiendo
de Cádiz el 1-2-1815.
En
América, a donde llega a primeros de abril de 1815 es donde empieza a
destacar entre sus compañeros, pues fruto de sus estudios en la Academia
de Ingenieros será la construcción de reductos, trincheras,
levantamiento de planos topográficos, etc. de máxima utilidad para el
desarrollo de las operaciones militares. A sus estudios universitarios
deberá su cultura para desenvolverse con soltura entre compañeros,
subordinados y superiores. Cualidades a las que hay que añadir su valentía
y arrojo personal en los innumerables combates contra los insurrectos; lo
que le hace ir ascendiendo profesionalmente y siempre por méritos de
guerra, llegando a Brigadier y el 11 de octubre de 1823 se le nombra Jefe
del Estado Mayor del Ejército de Perú, a los 30 años de edad.
En
mayo de 1824 es tal el prestigio alcanzado por el brigadier Espartero que
el virrey La Serna no duda en encomendarle la misión de ir a España a
exponer de palabra al rey Fernando VI y su Gobierno cuanto allí estaba
sucediendo. Cumplida esta misión en España, embarca de nuevo el 9 de
diciembre de 1824, en el puerto francés de Burdeos con rumbo a América,
siendo ese día el de la batalla de Ayacucho, por la que se perdió el
virreinato del Perú para España; sin que Espartero participara en tal
batalla como se le ha querido atribuir.
En
mayo de 1825 desembarca en el puerto de Quilca, desconociendo la derrota
de las tropas españolas, siendo hecho Prisionero de los seguidores de Bolívar,
siendo tratado con una inhumanidad de las que no hay ejemplo, pudiendo
salvarse del fusilamiento y de la prisión gracias a la intervención de
una dama "muy allegada a Bolívar" a la que recurrieron sus
compañeros de armas y en especial el abogado español Sr. González Olañeta,
a la sazón en el Perú. Recuperada su libertad emprendió el regreso a
España desembarcando nuevamente en Burdeos y una vez en nuestra patria
fue destinado de cuartel a Pamplona donde conoció a la señorita Jacinta
Martínez de Sicilia y Santa Cruz con la que contrajo matrimonio el 13 de
septiembre, de 1827.
Tras
breves destinos en Barcelona y Mallorca vuelve a la península para
participar en la guerra carlista, donde continuará los ascensos, siempre
por méritos de guerra; así como los títulos nobiliarios (Vizconde de
Banderas, Conde de Luchana, Duque de la Victoria,Duque de Moreli) con que
le honra la Reina-Regente y también el mando supremo del ejército
isabelino, que a partir de ese momento va de victoria en victoria,
llegando al Convenio de Vergara con el que se pone un fin honroso a la
guerra civil, pues el ejército carlista desde las acciones de Ramales y
Guardamino se veía ya totalmente derrotado.
Si
el levantamiento del cerco de Bilbao, la Nochebuena del año 1836, le dio
fama a Espartero, la feliz terminación de la guerra con el "abrazo
de Vergara" en el que ambos ejércitos se abrazaron, de la misma
forma que lo hicieron sus respectivos jefes Espartero y Maroto, elevó al
jefe del Ejército isabelino a la apoteosis internacional, dando al mundo
una lección de hidalguía y caballerosidad que no ha tenido imitación
todavía, pues en el Convenio se estipulaba que todos aquellos oficiales y
jefes carlistas que reconocierana Isabel II como Reina de España, se
integrarían en el ejército con igual graduación y sin discriminación.
Terminada
la guerra carlista la reina regente María Cristina de Borbón, madre de
Isabel II, cuya vida privada no era todo lo ejemplar que debiera, siendo
consentida y ocultada por el partido moderado para mantenerse en el
gobierno de la nación, llegó un momento en el que dicha vida privada
salió a la calle como represalia por la firma de la Ley de Ayuntamientos
por la reina regente, desoyendo el consejo de Espartero que ante la
impopularidad de dicha Ley le había suplicado que no la firmara. Se
sublevaron las principales ciudades de España y ante tales sucesos María
Cristina se vio obligada a renunciar a la Regencia antes que pasar por la
vergüenza de quese debatiera en el Congreso su verdadero estado civil
(viuda, casada,...)ante los reiterados estados de gestación y
alumbramiento, ya que para ser Regente debía permanecer viuda.
Tras
esta renuncia de María Cristina, se reunieron las Cortes del Reino,
eligiendo regente al General Espartero, por ser considerado el español con más méritos
para ello. Pero las intrigas políticas y envidias personales no cesaron
hasta derribarle de la Regencia, sin que ésta llegara a su término
legal, teniendo que expatriarse a Inglaterra donde fue acogido
generosamente y agasajado con arreglo a su rango, incluso por la propia
reina Victoria.
Cinco
años duró el exilio de Espartero en Londres, durante los cuales no faltó
quién intrigara, avisando al general Narváez (el más encarnizado enemigo
de Espartero) a la sazón Jefe del Gobierno, de que Espartero pensaba
desembarcar en la península para provocar una sublevación; por lo que
Narváez dio una orden secreta en la que disponía, que si llegaba a
suceder tal desembarco Espartero fuera hecho prisionero y fusilado
"sin mediar más tiempo que el necesario para identificarlo". El
tiempo se encargó de demostrar que tal aviso o comunicado había sido
falso, por lo que Narváez recapacitó e invitó a Espartero a regresar a
España rehabilitándolo en todos sus grados y honores. Se retiro a Logroño,
a donde Narváez le envió un emisario anunciándole que iba a proponerle
a la reina Isabel II que le concediera el título de Príncipe, como acto
de desagravio a su persona, lo que Espartero rechazó de plano.
En
1854, la sublevación del general O'Donell hizo que la reina Isabel II
llamara a Espartero, quien trató de solucionar pacíficamente tal situación
formando un Gobierno presidido por él e incluyendo a O'Donell como
ministro de la Guerra. Gobierno que duró dos años (Bienio Progresista)
debido a las intrigas de O'Donell, que desplazó a Espartero para ocupar
él su puesto. Al despedirse Espartero de la Reina le dijo: "Cuando
la revolución vuelva a llamar a las puertas de este palacio no vuelva
Vuestra Majestad a acordarse de mi persona". Tras este desengaño político
e ingratitud por parte de la Reina, Espartero se retiró definitivamente a
Logroño.
La
revolución llegó en septiembre de 1868, pero en esta ocasión alcanzó a
la Reina, siendo destronada Isabel II, que tuvo que emprender el camino
del exilio. Espartero que desde su retiro de Logroño contempló estos
acontecimientos con gran pena y dolor, ya que una gran parte de su vida la
había dedicado a defender los derechos de la reina niña y a afianzarla
en el trono de sus mayores, vio que todos sus esfuerzos e ilusiones habían
resultado inútiles.
Reunidas
las Cortes Constituyentes, trataron de elegir un nuevo Monarca que no
perteneciera a la familia Borbón y una gran parte del pueblo español
pensó en Espartero, hasta tal punto que el general Prim, Presidente del
Gobierno, le dirigió una carta ofreciéndole la Corona de España, que
Espartero muy dignamente rehusó.
Después
la Corona Española fue aceptada por D. Amadeo de Saboya, quien deseoso de
conocer a tan egregio personaje le visita en Logroño, concediéndole el título
de Príncipe de Vergara. Tras el efímero reinado de este Monarca, es
proclamada la I República, cuyos cuatro Presidentes siguen rindiendo
pleitesía al viejo Caudillo; y por si no fuera suficiente el joven rey
Alfonso XII al recuperar el Trono de su Madre, desea también conocer al
Pacificador de España, visitándolo en Logroño.
De
igual forma había ido desfilando por la capital riojana la mayor parte de
sus enemigos y correligionarios políticos (que en más de una ocasión le
volvieron la espalda) para entonar el "mea culpa" ante el sin
par hijo del carretero de Granátula, quien admirado y respetado por todos
los españoles, se extinguió tras una larga y azarosa vida el día 8 de
enero de 1879 a los 86 años de edad.